Diferencia entre revisiones de «La Anexión en Puerto Plata»

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La Anexión en Puerto Plata

En los años 1860 y 1861 llegaron a Puerto Plata rumores de toda índole, presagiando que se produciría la Anexión a España; en momentos en que la ciudad dormía entre la montaña y el mar, con unos seis mil habitantes, escasas edificaciones de mampostería, algunas de ladrillo y la mayoría de madera, tabla de palma, etc., con un incipiente comercio en manos de europeos principalmente. Se tenía conocimiento de la misión anexionista de Mariano Torrente, de las gestiones de Mella, López de Villanueva y otros; tales rumores se hicieron realidad cuando sorpresivamente llegó la noticia de que CLÍO 170 118 su gobernador, general Gregorio de Lora, había sido sustituido por el también general Juan Suero, nacido en San Cristóbal pero avecindado allí, “españolizado a fondo y más español que Espartero y Pi Margall”.1 El 18 de marzo de 1861 fue proclamada la Anexión de la República a España, pero no fue hasta el 27 del mismo mes, cuando se operó en Puerto Plata, tocándole el honor de ser la última ciudad en ejecutarla, previo a la cual circuló un manifiesto de carácter nacional invitando a los dominicanos sumarse a ella, el cual, según afirma Gregorio Luperón “sólo tenían cuatro mil firmas, la mayor parte, de los empleados y militares, y algunas de personas obligadas por la fuerza”. 2 La Anexión en si, es un hecho nunca visto antes ni después, fue objeto del repudio de América, ¡que un pueblo libre y soberano, a petición propia entregue su soberanía y libertad, para convertirse en esclava de una potencia europea! no tenía precedente en este continente; por ser una acción torpe, traidora, antihistórica, etc. Por ello tenía que fracasar y fracasó. Luperón, que a la sazón contaba 22 años, era reconocido en esta ciudad como una persona de extraordinario valor y cualidades excepcionales, sobre todo después de la captura de Mala Punta,3 famoso malhechor temido por todos, acción que le dio renombre; 1. Senior, Eugenio. La Restauración en Puerto Plata, p. 18. 2. Luperón, Gregorio. Notas autobiográficas y apuntes históricos. Tomo. 1, p. 49. 3. González, F. Leyendas y tradiciones portoplateñas, p. 101. 119 Puerto Plata en la Gesta Restauradora se había separado de su protector Pedro Dubocq, debido a que su hijo Eduardo tenía simpatía por los españoles. Viendo que los acontecimientos se precipitaban, los jóvenes Jacinto Escarramán y Federico Scheffemberg le dirigieron una carta a Luperón, al paraje de La Piña de Sabaneta de Yásica, donde vivía, lugar que he inspeccionado y comprobado que allí quedan el brocal de un pozo y los ladrillos de la base de la casa, donde él tenía un comercio de provisiones, en cuya comunicación le informaban la inminencia de la Anexión y lo invitaban a trasladarse a esta ciudad. Al recibir el mensaje, cerró su negocio partiendo hacia Puerto Plata, pero los ríos estaban desbordados y cuando llegó se enteró que el día anterior se había producido este nefasto hecho. Sin perder tiempo comenzó su campaña de propaganda contra la Anexión, negándose a firmar el acta de adhesión que todavía circulaba, luego se trasladó a Monte Cristi a bordo de la goleta La Esperanza, en misión revolucionaria. A su regreso, naufragó en las costas de Estero Balsa, refugiándose en la casa de Pepillo Salcedo, siendo atendido por éste a cuerpo de rey, lo que facilitó su interés por iniciarlo en la trama revolucionaria. Quiso conquistar al general Juan Suero, para que se uniera a la causa, a lo que éste se negó por temor a Pedro Santana; cuando vio que había fracasado en su intento, trató de hacer preso al primero, en la casa del general Pedro Gregorio Martínez, ubicada en Bella Vista, Sosúa, a quien propuso lo secundara en la captura de dicho personaje, con el propósito de eliminar la cabeza ostensible de la Anexión en esta comarca, a lo que se opuso este valeroso general, por asuntos de honor, ya que el mismo se ejecutaría contra un invitado suyo en su propio hogar.4 4. Luperón, Gregorio. Ob. cit., p. 97. CLÍO 170 120 Debido a sus labores de propaganda revolucionarias, el 3 de agosto de 1861 Juan Suero ordenó el arresto de Gregorio Luperón, quien aceptó pasivamente ser enviado a una celda que quedaba en el patio de la Gobernación, pero lo ayudó la estrella que iluminaba el camino del héroe siempre protegió sus acciones de hombre predestinado, de escogido de la gloria. Cuando se dirigía tranquilamente a su prisión en el camino encontró un garrote con el cual eliminó a sus custodios, escapándose a través de la antigua residencia del doctor Víctor Almonte, ubicada en la calle Padre Castellanos, en espectacular fuga, bajo el fuego del propio Juan Suero quien la presenció. Se refugió en la casa de Pedro Messón y Antita García, hoy Altos de Chavón, sección Los Domínguez, iniciándose una persecución violenta en su contra, desde donde se trasladó al extranjero, gesto que sirvió para inspirar la rebelión de la juventud.5 Posteriormente, el general Luperón, regresó a su pueblo en dos oportunidades más durante el curso de la Guerra Restauradora. El general Juan Suero convocó a la ciudadanía a presenciar la sustitución de la bandera en la gobernación de Puerto Plata, ubicada frente al Parque Central, calle Separación, al lado norte del Ayuntamiento, donde actualmente funciona el Republic Bank. El 26 de marzo de 1861, se observó en el mar la presencia de barcos españoles y el desembarco de sus tropas en el puerto. Cuenta Eugenio Senior, actor y testigo de los hechos narrados, que: “como a eso de las tres poco más o menos, el balcón de la Gobernación estaba muy apiñado de gente; se tocaba firme, se redoblaban las cajas y era nada menos que para dar principio a 5. Ibídem, p. 98. 121 Puerto Plata en la Gesta Restauradora los preparativos para consumar la gran obra (...) Se iba a arriar la bandera de los Mella, Sánchez, Duarte, Luperón, Pimentel, Monción, y el Padre Gaspar Hernández, y a pesar de las diferentes agrupaciones de jóvenes con marcada hostilidad (…) y las vivas demostraciones en contra del acto luctuoso que se acercaba, y que se aspiraba con hechos de que no se realizara, pero ya era tarde, ya la maldad y la ambición habían triunfado”.6 El dominicano José Tejera, alias Pepe, leyó en la Gobernación la proclama de la Anexión. En ese momento se presentó el padre Regalado, quien con lágrimas en los ojos pronunció algunas palabras alusivas al acto y al dolor que le producía, tanto por el eclipse de la nacionalidad como por el descenso de la bandera. Luego se procedió a la arriada de la insignia nacional, la cual se enredó en el asta por motivo de la lluvia como negándose a descender y cuando finalmente llego a manos de Elías Manzano, quien ejecutaba ese acto, exclamó: “Según te bajo hoy, talvez te volveré a subir mañana”.7 La bandera fue entregada al padre Regalado por Manuel Castellanos, quien la guardó detrás del altar mayor de la iglesia parroquial y más tarde la misma fue usada en el levantamiento ejecutado allí contra España.8 Continuando el desarrollo del programa, se procedió a firmar el acta, la cual fue suscrita por 44 asistentes, entre los cuales se destacaban Pedro Castellanos (padre de Gregorio Luperón), D’Assas Heureaux (padre de Ulises Heureaux), Gregorio de Lora, Benito Martínez, Eusebio Artiles (mi bisabuelo), José y Onesphero 6. Senior, Eugenio. Ob. cit., pp. 82-83. 7. Ibídem, p. 84. 8. Periódico El Provenir, No. 895, del 2 de marzo de 1889. CLÍO 170 122 Calixto, quienes posteriormente se convirtieron en activos restauradores. Por último se trasladaron al templo, donde el padre Regalado, cediendo a las presiones ejercidas sobre él, ofreció un tedéum.9 Las protestas siguieron en el momento de bajar la insignia nacional, cuando Ildefonso Mella y Castillo, montado en un brioso corcel, gritó “Viva la República Dominicana”. Chiquito Brioso y Antonio el de Maimón secundaron ese noble gesto, pasando a la historia por su protesta a la traición consumada.10 El 10 de abril de 1861, se produjo el desembarco en el puerto de esta ciudad del Batallón La Corona, con mil doscientos militares, una lujosa oficialidad, para ser repartidos en distintas partes del Cibao. Dos compañías, la 1ª y la 2ª con 530 hombres y 4 piezas de artillería de montaña del referido batallón, permanecieron en esta plaza. Arribaron a bordo del vapor Blasco de Garay, comandadas por el coronel Salvador Arizón, militar gallardo, prestigioso y de formación académica. Para tomar la ciudad las tropas españolas se dividieron en tres columnas: una por la calle de Las Hileras, hoy Separación; la segunda por la calle Cibao, hoy José del Carmen Ariza; y la tercera por la calle del Sol, hoy Duarte. Al frente de esta última columna venía el propio Arizón, quien al llegar a la cuesta que comienza al pie de la Sociedad Cultural Renovación, fue herido de muerte por el pintor Isaías Arredondo, disparándole desde el solar ubicado en el ángulo noroeste de dicha calle con la José del Carmen Ariza, entonces propiedad de la señora Amelia Ricourt de Limardo.11


Los españoles ocuparon la ciudad, enterraron al coronel Arizón en la Fortaleza y en su honor levantaron el reducto que lleva su nombre, que actualmente se conserva en muy buenas condiciones alrededor del faro de la ciudad de Puerto Plata, el cual era utilizado como bastión artillado para evitar desembarcos marítimos y a cuya mano izquierda fue colocado posteriormente el famoso cañón “Mapemba”, de grata recordación para los puertoplateños. Los nuevos amos fueron recibidos con indiferencia por los criollos, tal como lo afirma López Morillo cuando refiere: “Por nuestros oficiales supimos que a la 1ª y 2ª compañías las habían acogido los puertoplateños con la mayor frialdad y marcado disgusto, a quienes despectivamente les fue endilgado el mote de «los blancos»”.12 A los hispanos les faltó habilidad y sobró arrogancia en el tratamiento con sus gobernados. Contrario a lo pactado con Santana: disolvieron el ejército; desconocieron los rangos militares de muchos oficiales criollos; aumentaron los impuestos e impusieron planillas escritas para pagarlas, en un país donde poca gente sabía leer; nombraron jefe de la iglesia al repudiado Arzobispo Monzón, quien importó de su tierra la disputa entre católicos y masones, en un país donde muchos curas pertenecían a esa logia, prohibiendo a éstos tener mujeres, cosa normal aquí; trataron como esclavos a los nativos, después que se obligaron a observar con ellos la misma conducta que con sus nacionales; y otras cosas más. Todo eso creó un disgusto generalizado en la comunidad contra los nuevos señores e hizo que los dominicanos se solidarizaran y 12. López Morillo, Adriano. Historia de la dominación y última guerra de España en Santo Domingo, Tomo 1, p. 256. CLÍO 170 124 formaran un solo bloque en repudio a los españoles. Andrés Bedú fue considerado héroe, cuando dio muerte en el barrio Los Castillitos de esta ciudad a un soldado español, al cual enterró, hecho presenciado por varias personas quienes guardaron silencio. ¡Nadie lo delató!